Revista. KINETOSCOPIO 129. COVID-19. La pandemia que cambió al cine
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Revista. KINETOSCOPIO 129. COVID-19. La pandemia que cambió al cine

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COVID-19. La pandemia que cambió al cine

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Es inevitable hablar en primera persona en este texto porque, de distintas formas, estoy involucrado con al menos cuatro festivales. Desde el más pequeño, como Pantalones Cortos, que solo tiene un día de maratón, hasta el más grande, como el FICCI, que programa dos centenares de películas, tuvimos que asumir decisiones drásticas y reorientar las prácticas para poder continuar.

La más drástica, sin duda, fue suspender de plano el FICCI apenas a día y medio de haberlo iniciado, con todo lo que ello implicó, no solo emocionalmente, tanto para organizadores e invitados como para el público asistente, sino financieramente. Con el festival rodando, ya casi se había gastado lo que se iba a gastar, sin embargo, con la suspensión, los recursos que iban a sufragarlo se cayeron en un sesenta por ciento, los patrocinadores simplemente saltaron al agua y abandonaron el barco. Por eso el Festival de Cartagena tal vez fue el primero y mayor damnificado de una catástrofe que afectó –y seguramente cambiará de forma sustancial– el mundo del cine y sus festivales.

Salvo por la curaduría, que sí se hace con varios meses de anticipación, la mayoría de eventos pudieron evitar el descalabro que sufrió el principal festival colombiano y tomaron medidas a tiempo, desde cancelarlo, como ocurrió con Cannes y Bafici; pasando por llevarlo a la virtualidad, como hicieron Berlin y Sundance; hasta hacerlo presencial, recurriendo hasta al autocinema en Toronto, o como en Venecia, que se hizo justo en medio de dos picos de contagio, pero con todo más reducido: películas, actividades, invitados, funciones y aforo de público en salas.

Ahora se sabe que la pandemia del Covid 19 no fue una catástrofe para todos. Las farmacéuticas, las empresas de domicilios y las plataformas de streaming fueron algunos de los pocos grandes beneficiados de este pequeño fin del mundo. Los festivales de cine se vieron obligados a contribuir al crecimiento de estas plataformas y, contrariamente a lo esperado, tuvieron una mayor acogida. Sundance, por ejemplo, triplicó su audiencia. La razón de esto es simple, la virtualidad le dio un acceso casi irrestricto a cualquiera, en cualquier parte del mundo y a un muchísimo menor costo.

No obstante, reducir a cifras la calidad y el éxito de un festival de cine es una falacia. Entre los muchos argumentos, hay al menos tres para destacar: el primero, tiene que ver con la naturaleza de un festival, que en esencia es una fiesta del cine, un punto de encuentro para que la comunidad cineasta y cinéfila estrechen lazos y vivan su pasión por las imágenes en movimiento; la segunda, es que se redujo la oferta de cine, como en Toronto, que de trescientos títulos programados habitualmente pasaron a cincuenta, con todas las implicaciones tanto para las opciones del público como para las posibilidades de circulación de la producción anual; y por último, si bien ahora muchas películas se están haciendo directamente para su estreno en plataformas, y esto puede determinar su concepción visual y sonora, la mayoría de filmes todavía son pensados para su exhibición en salas, pero en un televisor –¡y ni se diga en otros dispositivos!– muchas de sus cualidades se pierden, una pérdida que va en proporción directa a la frustración de sus realizadores.      

Por estas razones, es posible que los grandes festivales, al finalizar las restricciones de la pandemia, continúen con muchas prácticas relacionadas con la virtualidad, ajustándose a una modalidad híbrida y así captar lo mejor de ambos públicos, aumentando su eficacia, éxito y hasta ganancias. Entonces, esa batalla que empezó, justamente, con la polémica entre Netflix y Cannes hace unos años, con la contingencia mundial terminó en lo que parece ser un triunfo del streaming sobre la proyección en salas. Sin embargo, además del deseo de todo director de ser estrenado en salas, la proyección tiene de su lado el gran riesgo que representa la piratería, por lo que toda casa productora se mostrará siempre renuente al estreno virtual. Además, las películas del streaming de un festival probablemente empezarán a verse como de segunda frente a las proyectadas, y tal vez esto haga declinar la aceptación a participar en un festival por parte de muchos creadores.    

De otro lado, ese éxito de la virtualidad parece solo aplicar para los grandes festivales internacionales. En Colombia la historia fue muy distinta. Si bien la acogida en la virtualidad del 2020 fue muy buena en festivales como Vartex, Mamut, Pantalones Cortos o Jardín, no representó ni un tercio de la participación que se tenía en la presencialidad; mientras que en el formato híbrido de 2021 el público se volcó a las salas, a pesar de sus aforos limitados, y despobló las plataformas, no solo por el menor atractivo de la experiencia, sino también por el agotamiento de un año de virtualidad.

En el FICCI, por su parte, su director Felipe Aljure se mostró en resistencia con lo que llama “la manada virtual”, que el confinamiento ayudó a consolidar, y se la jugó por una versión 2021 más “porosa y liviana en sus tiempos”, por eso el FICCI Interruptus se desplazó de seis días en Cartagena a varias proyecciones en días de luna llena, al aire libre, en esa y otras ciudades del país. Además, para 2022 este evento amplió la ventana para las producciones y se permitirán películas realizadas en 2020, las cuales vieron reducidas sus posibilidades por su mala estrella de salir a la luz justo el año en que todo se detuvo.

Puede que en la cotidianidad de muchas personas y en el negocio de las salas de cine el pulso lo esté ganando la virtualidad, pero en cuanto a los festivales de cine, hay mayores dudas sobre esto. Seguramente mucho de lo virtual se incorporará como mejoras de la oferta y las prácticas de los festivales, pero hay mucho más en favor de ese encuentro físico, de la calidez y entusiasmo contagioso del público, del contacto con los autores y las estrellas, de los aplausos y rechiflas al final de cada película, de la fiesta que remata todo un día de cinefilia y, en fin, la constatación de la idea de que si ir a ver una película en sala es un rito, entonces ir a un festival es la máxima celebración del cine.  

Publicado en la revista Kinetoscopio No 129 de enero de 2022. 

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